En la densa oscuridad no se puede ver nada y es fácil perderse o desorientarse. Del mismo modo, quienes están en la oscuridad espiritual carecen de percepción y enseguida se extravían. Hay que recurrir al faro interior que ilumina nuestro corazón.

El corazón observa todo con los ojos del amor. No sabría explicar este concepto con la lógica que muchos pretendieran, pero podría decir que es como si cada uno de nuestros latidos encendiera el brillo que hace que la vida misma resplandezca. Sin dicho interruptor, nada palpita o nada funciona.

 

Dicho de otra manera, esa luz está en nuestro interior y solo hay que encenderla.

 

Por ningún motivo, debemos buscar esa energía afuera. Es una pena que casi todos anhelemos el reconocimiento de los demás para ser felices, cuando lo que realmente importa es la aprobación de nuestro propio espíritu.

 

Deberíamos hacer como los navegantes cuando regresan a casa de noche. Ellos confían en sus intuiciones para que ‘esas luces’ los lleven a tierra firme.

 

Quienes viven en las tinieblas o se niegan a buscar sus resplandores carecen de percepción y con facilidad se desorientan, no solo en el área espiritual sino también en el mundo material.

 

Muchos pierden la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo malo y hasta en lo bello y lo feo. De alguna forma necesitamos mirarnos por dentro para iluminarnos.

 

Se trata de ese foco que nos muestra los pasos que debemos dar. Porque la luz interior proyecta sus ondas y tiene el poder de apreciarse incluso desde una larga distancia.

 

Cuando nuestra vida está encendida brillamos tanto que podemos irradiar esos rayos desde el alma.

 

Una de las formas de encontrar ese faro consiste en buscar a Dios. Su palabra nos puede cambiar para bien, siempre y cuando decidamos seguirlo.

 

No le estoy diciendo que se vuelva fanático de credo alguno. Solo pretendo decirle que lo más interesante de esa luz interior es que ella se basa en la verdad.

 

Porque si bien la mente analiza y piensa siempre como ‘verdadero’ o ‘falso’ sobre determinada cosa, la luz del corazón regula la temperatura de nuestra felicidad.

 

Lo mejor de remplazar la mirada exterior por la visión del alma, es que ella hace que podamos resplandecer para los demás con un brillo que, según lo aclaran las propias Escrituras, es superior a mil estrellas.

 

Así las cosas, con ese resplandor podríamos empezar por hacer algunos cambios y proyectar nuestra vida de una forma positiva.

 

¡Claro está que hay que hacer las cosas con serenidad! Tenga presente que cuando alguien sale de un lugar muy oscuro y pasa a donde hay luz, sus ojos necesitan un poco de tiempo para adaptarse. Todo debe hacerse en forma gradual.

 

Si nos dejamos guiar por la luz, podremos vernos cara a cara y reflexionar. Además, siempre tenemos la posibilidad de decidir si continuamos en el lugar en el que estamos o nos reubicamos para que las cosas fluyan de un modo distinto.

 

Debemos comprender que muchos andamos a tropezones por la vida en la oscuridad por causa de las decisiones egoístas que solemos tomar.

 

Pero cuando la luz resplandece sobre nosotros, caminamos guiados por la luz de Dios y, poco a poco, vamos abonando un camino de progreso.

 

Empecemos por preguntarnos:

 

¿Cuáles malos hábitos podríamos abandonar?

 

¿Qué deberíamos hacer para enderezar ciertos asuntos que andan mal en nuestra vida?

 

¿Qué nos hace falta para vencer nuestros miedos?

 

Con la energía de esa luz interior y la ayuda del Espíritu Santo, podemos seguir haciendo cambios en nuestra personalidad y modo de pensar. No solo debemos tener claridad mental, también nos corresponde apuntarle al equilibrio espiritual.

 

Recuperemos la fe en nosotros mismos y conectémosla con el corazón.

 

La luz brilla con más energía en la medida en que los actos de cada uno den cuenta de nuestra voluntad de transformarnos para nuestro bien y para la armonía de todos.

 

¡Dios lo bendiga!

 

Tras la búsqueda

 

B uscamos la luz de Dios, pero no sabemos cómo recibirla.

 

Se requiere de mucha decisión para mantenernos firmes en el deseado propósito de sacar nuestra mente de la oscuridad e ir tras esa búsqueda espiritual.

 

A medida que continuemos interesándonos por la vida interior y creemos una mayor relación con ella, nuestra mente desarrollará una sensibilidad más aguda ante la presencia del Espíritu de Dios.

 

Mientras más fuerte sea nuestro deseo de conocer a Jesús y más tiempo persistamos en nuestros esfuerzos por llegar a Él, más bendiciones recibiremos.

 

Así iremos creciendo día a día y nuestro mundo se irá iluminando.

 

 

Fuente y fotografía: Vanguardia por EUCLIDES KILÔ ARDILA