Algo llamado nostalgia por Daniela Fuentes

Alto, delgado, ondas caramelo, piel clara, pantalón de traje y camisa de vestir. De su brazo lleva a una muchacha menuda, de piel aún más clara que la suya y sonrisa amplia……

Vestida de uniforme, se prepara para cerrar una etapa y abrir otra. En sus ojos brillantes se reflejan la emoción y los nervios de su alma inocente. Los observo desde la distancia. Palidece mi semblante, se me aglomeran las lágrimas en la garganta. Porque repentinamente sigo de pie allí, pero no es el mismo día. La imagen de aquella pareja me transporta a un año antes. Mi vestido de encaje se cambia por un uniforme, los reflejos desaparecen de las puntas de mi cabello, mis uñas se pintan de un lila tornasolado y mi maquillaje se torna más dramático. Ya no estoy sola. Él me lleva del brazo. Subo la mirada para verle el rostro y la sonrisa que se me dibuja es involuntaria. Vuelvo a sentir lo que hace tiempo dejé de sentir, me late el corazón desbocado y tengo unas ganas locas de que me bese y me rodee con sus brazos. Está oscureciendo. A mí alrededor tengo a mis padres, a mis tíos, a mis primas. Más adelante veo a mis amigos de toda la vida, todos con la misma emoción en sus corazones alterados. Me sobresalto cuando él me suelta la mano y me acerca a su pecho, pasando un brazo por mis hombros. Nos fundimos en un fuerte abrazo y une sus labios con los míos. Volver a sentirlos, suaves y cálidos, provoca que se escape una lágrima solitaria por mis ojos. Sus dedos rozan mi mejilla y la lágrima desaparece. Mis ojos y los suyos se encuentran. Leo en su mirada la esperanza por el futuro incierto que se abre ante nosotros. Aquel día jamás se nos pudo haber cruzado por la cabeza que, entre esa combinación de posibilidades infinitas, la tragedia estaba incluida. Porque yo ya no siento nada por esa mirada, esa sonrisa ya no me trastorna, sus brazos en mi cintura no me hacen temblar. Hoy, esos ojos son desconocidos y esa mirada no me inspira sino desprecio. Las imágenes que evoca mi mente al observar su sonrisa no son de alegría, sino de miedo, de rabia, de dolor y de pena. Estoy segura de que si el me mirara a la cara no hallaría en mí aquella antigua inocencia; hace tiempo que mi alma la ha perdido. No hay sino una profunda nada, un asfixiante vacío que, de alguna manera imposible, me oprime el corazón.

Mi madre apoya un brazo en mi hombro y regreso a la realidad. Me pregunta si estoy bien y apenas atino a sonreír en respuesta. La verdad es que lo estoy, o al menos eso supongo. No puedo dejar de darle vueltas a las típicas palabras que siempre nos dedican cuando nos cuelgan una medalla en el cuello y nos entregan un diploma, esas alentadoras despedidas y las promesas de toda una vida por delante. Lo que nadie nos cuenta es que realmente no estábamos vivos, y que no empezaríamos a vivir hasta que empezáramos a hacer alma, y el alma se hace sufriendo. El mundo está lleno de injusticias que nos abren los ojos a la realidad que tan delicadamente nos ocultan bajo innumerables deseos de buena suerte. Me es imposible no suspirar con pesadez al observar las lágrimas de todos esos muchachos. Yo no lloré hace un año, pero de haber sabido lo que se me venía encima, lo habría hecho.

Guatire, 30 de julio de 2015

 

Daniela Carolina Fuentes Aja

Estudiante del tercer semestre de Letras en la Universidad Central de Venezuela

Blog: palabrasdeapolo.blogspot.com