EFE/Caroline Blumberg

Un lujo invisible se deja ver sobre la pasarela de París de la mano de Álvaro Castejón y Arnaud Maillard.

La casa Azzaro retoma con fuerza la pasarela de París para exponer su trabajo con la silicona y los patrones, después de que el dúo hispano-francés formado por Álvaro Castejón y Arnaud Maillard la devolviese a la alta costura la pasada temporada.

“Se nota que entre la (colección) de julio y esta hay algo nuevo, mucho más moderno”, confesó a Efe Maillard, quien defendió que sus diseños esconden un “lujo invisible”.

 

Para esta segunda presentación ante la audiencia de París, los modistos se sintieron con libertad para investigar y “descubrir nuevas técnicas y aplicarlas al vestido”, según Castejón.

 

En esta experimentación, sobresalió la incorporación de la silicona, que imprimió “un toque mucho más moderno e innovador”, gracias a horas de trabajo.

 

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Tal fue el caso de un minivestido estriado color arena sobre el que se inyectó minuciosamente este polímero para crear los diferentes volúmenes, de tal manera que el efecto se asemejó al del encaje pero manteniendo su textura ligeramente elástica.

 

Con el fin de trasladar con la mayor exactitud sus ideas, fue necesario ensayar cómo reaccionaban los tintes con la silicona para poder encontrar el tono más adecuado.

 

Si bien idearon la colección en julio, la empezaron a desarrollar en septiembre, dado que necesitaban “meses de desarrollo de colores, de tejidos y de muestras para cada prenda”, detalló Maillard.

 

“Las formas que la naturaleza recrea en el desierto y los oasis fue lo que nos atrajo”, contó Castejón sobre una colección que asumió la paleta de la tierra, el sol y la noche.

 

El hecho de que estos dos diseñadores vivan en Madrid, desde donde compaginan la dirección artística de Azzaro con la de su marca Alvarno, influye en “la energía y la luz que tienen los vestidos”.

 

Los modelos se deslizaron sobre el brillo de las muselinas, las sedas y el lúrex, pero sobre todo despegaron con los tonos dorados de las cadenas y las rústicas flores del desierto.

 

El italiano Loris Azzaro, quien fundó su firma en París en los años 60, convirtió las cadenas en una de sus marcas de identidad, por lo que los encargados de guiar la casa en esta nueva etapa no dudaron en introducirlas en la colección de primavera-verano.

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Aparecieron tanto en largas cascadas de collares hasta la rodilla, como para unir patrones a modo de costura, lo que llegó a suponer quince días de trabajo para una sola prenda.

 

Otra de las técnicas que experimentaron fue la del pan de oro, con la que dibujaron esquemáticas flores en sus diseños.

 

En este proceso, “ha habido veces que un vestido se ha fundido en el horno”, confesó Castejón, a lo que Maillard añadió que con algunos modelos fue necesario probar “hasta tres veces” su reacción al calor para que se obtuviese la impresión deseada sobre tejido.

 

También dedicaron tiempo al diseño y ensamblaje de los patrones, puesto que “todas las costuras en nuestra colección son curvas, siguiendo un poco toda esa temática de la duna del desierto”, precisó Castejón.

 

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De esta manera, fueron necesarias “más de cien horas de trabajo” para montar un vestido de organza y muselina con casi 30 metros de tejido.

 

Otra de las pautas que los directores artísticos retomaron de la herencia de Azzaro fueron las transparencias que contribuyeron a dar un “efecto de ligereza”, en sintonía con el viento de un desierto que también resonó sobre la pasarela instalada en el Convento de los Cordeliers.

 

En este espacio también se pudieron observar los bordados de plumas de Maison Lemarié, los cardos en relieve y las gotas de silicona que sustituyeron a la pedrería.

 

El desfile se despidió alegremente del público con las notas de “Aquarius/Let the Sunshine In”, canción del musical de los años sesenta “Hair”.

 

Fuente y fotografías: EFE

Por: MERCEDES ÁLVAREZ