Cómo ser un (buen) escritor

El filólogo, autor y editor Luis Magrinyà propone una guía para el buen uso de la lengua en «Estilo rico, estilo pobre»

Decía Frank Zappa (1940-1993) que «escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura». Un esfuerzo vano, si no inútil, al resultar imposible atrapar su esencia con meras palabras. Siguiendo la lógica «zappiana», pero dándole un giro filológico, Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) se ha propuesto animarnos a «pensar la lengua» para, así, maltratarla un poco menos. «Estilo rico, estilo pobre» (Debate) es una guía repleta de ejemplos sacados de libros (hay best-sellers, pero también la llamada «alta literatura») y prensa, además de consejos para cometer menos errores lingüísticos.

 

No se trata de un manual de estilo al uso (Magrinyà es escritor y editor, además de filólogo y traductor): la primera parte está dedicada a aquello que el autor denomina «estilo rico» (pretencioso, hinchado, pedante); la segunda, al «estilo pobre» (simplón, facilón, ramplón y lleno de tics); en la tercera se abordan algunas cuestiones gramaticales, y en la cuarta hasta hay sitio para el sexo y la violencia (porque el coito… ¿se practica o se ejecuta?). Todo ello regado (verbo que Magrinyà subrayaría con rojo sin dudarlo en esta crónica) con la fina ironía y el humor que siempre han caracterizado a Magrinyà.

 

«Yo creo que no es tan difícil», asegura el autor al preguntarle por la tarea de «pensar la lengua». «El problema está en que, como todos hablamos, la lengua es un fenómeno natural, y la damos por hecha y la utilizamos muy inconscientemente». Como bien advierte Magrinyà en el prólogo, el instrumento de la literatura es la lengua, e igual que a un médico le exigimos que domine el medio con que trabaja, esa misma exigencia debería trasladarse a la gente que escribe. «Los profesionales de la escritura (periodistas incluidos) deberían tener un conocimiento clínico de la lengua. Todo el mundo que habla, o se expresa, o escribe, de una forma profesional o pública, lo menos que puede hacer es cuidar un poco el material con el que trabaja. Tampoco es tan difícil, y a lo mejor guías como esta sirven como llamada de atención, porque, como con la lengua lo naturalizamos todo muy rápidamente, pues estas cosas a veces se nos pasan».

 

Se nos pasan a los humildes plumillas, pero también a los grandes escritores, y hasta al autor de este «Estilo rico, estilo pobre», que no ha dudado en incluirse entre los ejemplos (algunos de los cuales no sentaron demasiado bien). «Hay gente muy prestigiosa y gente que son anónimos de foros de internet. La conclusión es que todos metemos la pata, son cosas que nos ocurren a todos». Para localizar los gazapos estilísticos, a veces Magrinyà se inventaba barbaridades, las buscaba… ¡y las encontraba! «Todo esto de “realizar cosquillas” y “realizar pipí”… pensaba que era imposible que a alguien se le hubiera ocurrido». Pero la capacidad creativa es infinita.

 

«El buen estilo no se nota»

Teniendo en cuenta que «el buen estilo no se nota», el verdadero peligro lo representan las consignas que tenemos interiorizadas de lo que significa escribir bien. Son estas, a juicio de Magrinyà, sobre «las que hace falta reflexionar, porque lo vemos en la llamada alta literatura, y esto tiene consecuencias, no sólo lingüísticas, sino de estilo narrativo». El autor se refiere a ejemplos como «sacudir la cabeza» y a todos los gestos que siempre acompañan a los diálogos en la novela. «Lo único que están delatando es que ahí hay puro relleno; ya no de palabras, sino de concepción narrativa. ¿Por qué tiene que hacer tantas cosas la gente en los diálogos? Lo curioso es que siempre hacen las mismas cosas: arquean una ceja, fruncen el ceño, miran fijamente, hablan entrecortadamente… Esto, analizado en el conjunto de la alta literatura, te dice que hay mucho relleno».

 

«En Twitter ha florecido el genio del aforismo; hay un montón de genios espontáneos»

Un peligro, el del relleno y la (supuesta) alta literatura, que en la prensa tiene consecuencias nefastas. «Se supone que tendría que ser el estilo de los hechos, que para mí es el más difícil y, por tanto, también el más meritorio». Para encontrarlo, sin alejarse del periodismo narrativo, hay que quitarse de encima «las interiorizaciones literarias, y la manera de describir con metáforas y alegorías». En ese contexto, se pueden hacer interpretaciones, pero «fundamentadas y un poco objetivadas», hasta llegar a «una prosa que sea descriptiva de verdad, informativa y, al mismo tiempo, que tampoco sea un telegrama».

Una tarea complicada, que «exige mucho», como reconoce el propio Magrinyà, pero posible y hasta exigible. Sin olvidar internet, como instrumento narrativo y periodístico. «Lo podemos utilizar bien o mal. En Twitter ha florecido el genio del aforismo, que no siempre lo es; hay un montón de genios espontáneos, convencidos de que hacen alto pensamiento. Además, ya sabemos que los grandes defensores de internet no dicen que no a una publicación en papel». Y, entretanto, la lengua sigue creciendo, y evolucionando «de una forma que es un poco imprevisible». Magrinyà, que trabajó en la Real Academia Española (en la redacción de la 22 edición del Diccionario) advierte que «todas las lenguas son corrupciones de lenguas anteriores», y por eso no tiene miedo a los neologismos o neografismos, a las nuevas formas de escribir (bien, eso sí). «Ya se verá. La vacilación también es una característica de la lengua», remata.

 

Seis consejos:

  1. Los sinónimos no son la panacea del estilo. Si tenemos que cambiar una palabra por otra, pensemos antes si podemos quitarla. La supresión también –y sobre todo- es estilo.
  2. No toquemos lo que no se puede tocar. «Tener miedo» es «tener miedo» nos pongamos como nos pongamos. No se puede «poseer miedo».
  3. Ojo con la precisión, la exactitud y el «matiz». Escribir «oí el ruido de sus pasos» no es más exacto ni más preciso ni más matizado que «oí sus pasos». Es solo redundancia.
  4. No seamos paletos ante el vocabulario prestigioso o molón. No mola más decir «procrastinar» que «postergar».
  5. Atención a las fórmulas importadas que reproducimos mecánicamente. No es necesario «jugar un papel» si podemos «desempeñar, cumplir o hacer un papel».
  6. Fiémonos de las palabras y construcciones que utilizamos todos los días. No es más estiloso decir «estoy ante el ordenador» que «estoy delante del ordenador».

 

Fuente y fotografía: ABC / INÉS MARTÍN RODRIGO