Tecnopatías: achaques en la era digital

Estar pegada al móvil ‘non stop’ puede ser un problema

No podemos pasar más de 5 minutos sin mirar el móvil, el 80% lo usa mientras ve la televisión (somos multitarea) y casi 27 millones de personas accede regularmente a Internet en nuestro país y en países como España. Los smartphones representan el 81% de los teléfonos móviles en España (la cifra se ha disparado respecto a los últimos años) y, según algunos estudios, los consultamos (o toqueteamos, es una especie de tic) más de diez veces a la hora lo que, quitando las ocho de sueño, nos da una cifra que supera las 160 veces al día.

Cuando no había smartphones la vida era otra. En el baño se leían las etiquetas de los champús, en las paradas de autobús se miraban los carteles de «¿Tienes que recuperar alguna asignatura? Doy clases de apoyo», consultabas el reloj de vez en cuando, te ponías a dar vueltas como una loca buscando a tus amigas cuando no sabías dónde habían quedado, te peleabas con tu hermano para conectarte a Internet, (si no entraba una llamada y se caía la línea), buscabas una cabina para llamar a tus amigas cuando estabas de vacaciones… (#quevidaesta).

Ahora es una escena común que en una comida con amigos haya un momento de la tarde en el que estéis con la mirada puesta en el teléfono. Sí, aunque no haya alertas; desbloquear el terminal y mirar la pantalla es algo automático. Y, lo peor, podemos estar un largo rato sin emitir ni una sola palabra. El móvil roba toda nuestra atención y nos está pasando factura: llegan los tecnoachaques.

Los médicos incorporan en sus diagnósticos dolencias 2.0; te contamos las más frecuentes.

Apnea del Whatsapp

Apnea del Whatsapp

Una de las adicciones que ya está tipificada como tal y que los médicos diagnostican es la de apnea de Whatsapp. Los psicólogos la definen como la ansiedad que genera en nuestro cerebro la consulta compulsiva de mensajes. Para entendernos, entre los usuarios de esta aplicación (¿quién la usará?) se genera un alto nivel de dependencia a la recepción y envío de mensajes. No tenerlos genera un estado de alteración psicológica que provoca ansiedad.

Para los pacientes de esta tecnopatía estar un rato, una mañana o, en el peor de los casos, un día sin Whatsapp genera un estado de inestabilidad o inseguridad emocional. El grado de dependencia y adicción puede originar tal ansiedad que cuando no hay comunicación se genera desánimo y frustración.

Síndrome de Google

Síndrome de Google

¿Recuerdas la última vez que cogiste papel y ‘boli’ para hacer una división? Entonces, mejor no hablamos de raíces cuadradas. ¿Memorizar un suceso histórico pudiendo buscarlo en la red? ¿Aprenderte un número de teléfono? Si se apaga el móvil, que no te pidan ni uno. Abusar de la «memoria externa» que nos da nuestro teléfono ha conseguido, según una investigación de la psicóloga Betsy Sparrow, profesora adjunta de la Universidad de Columbia en Nueva York (EE. UU.), que retengamos cada vez menos información. El estudio sugiere que la población ha comenzado a utilizar Internet como su «banco personal de datos».

¿La parte positiva? Cada vez somos más hábiles para encontrarlos.

Síndrome de la llamada imaginaria

Síndrome de la llamada imaginaria

«Juraría que ha sonado mi móvil». Te acercas, lo miras, y no. No hay ninguna llamada perdida. ¿Te ha pasado alguna vez? Es el denominado síndrome de la llamada imaginaria y, aunque lo veas un poco excesivo, según la consultora TechHive, el 70% de los usuarios de dispositivos móviles ha tenido esta sensación.

Otra de las caras que muestra esta dolencia es cuando, con el teléfono en versión mute, sin sonido, oyes su vibración sin que haya notificaciones que te reclamen. Su nombre es aún más extravagante: el síndrome de la vibración fantasma. ¿Nunca te ha parecido que estaba vibrando tu móvil y al sacarlo del bolso no había nada? El cerebro se acostumbra a estar atento a tu smartphone por lo que cualquier impulso de nuestro cuerpo lo asocia a un aviso del dispositivo.

Cuello de iPhone

Cuello de iPhone

«Lo reconocerás por la pérdida prematura de la elasticidad y firmeza de la piel que lo rodea, con la consecuente aparición de doble mentón, papada y arrugas», así lo explica el doctor Lajo Plaza. «Esta problemática parece estar asociada a la frecuencia, cada vez mayor, de doblar el cuello hacia adelante para mirar la pantalla del smartphone, el portátil o la tablet…».Según una encuesta de Intel, el 40% de los usuarios permanece las 24 horas del día conectado a sus dispositivos, y 8 de cada 10 duermen con el teléfono móvil al lado.

«El movimiento constante de bajar el cuello hacia delante para mirar la pantalla provoca distensión en los tejidos, descolgamiento y una menor resistencia a la gravedad. Esto ha hecho que personas muy jóvenes comiencen a manifestar síntomas como flacidez en el cuello y barbilla, así como arrugas prematuras, patologías más comunes en pacientes de avanzada edad», señala el doctor.

Otro punto a tener en cuenta son los radicales libres emitidos por estos aparatos. «Conviene incluir en la rutina cosmética antioxidantes que contrarrestan la sobreexposición a estos agentes dañinos».

Whatsappitis

Whatsappitis

La primera diagnosticada fue una mujer de 34 años que dedicó seis horas de su día (seguidas y sin parar) al incombustible Whatsapp. El médico lo tuvo claro y así lo firmó en su informe: padece «whatsappitis», tendinitis en el dedo pulgar por un exceso de uso. ¿Lo peor? Que no es un caso aislado.

Este trastorno afecta sobre todo a los pulgares y sus síntomas son dolor, hinchazón y entumecimiento, que aumentan con el movimiento de los mismos. También pueden aparecer molestias en la muñeca y en los otros dedos por el hecho de sujetar el teléfono durante mucho tiempo.

Tecnoestrés

Tecnoestrés

La necesidad de estar conectado todo el tiempo puede derivar en un trastorno –cada día más frecuente; afecta a uno de cada tres españoles–, conocido como tecnoestrés o estrés tecnológico. Buscas, observas, lees, guardas, organizas y generas información continuamente. No importa si estás de vacaciones, si has salido de la oficina o si vas de camino al gimnasio. El smartphone ha hecho que tengas todo en tu mano (hasta el correo electrónico) por lo que es imposible desconectar.

Esta saturación puede conducir a una sensación de ansiedad, estrés y nerviosismo que puede pasarnos factura. Además, hay otro caso de estrés 2.0, se da cuando todo evoluciona antes que tú. Este trastorno aparece en modo de frustración y miedo a no saber adaptarte.

Nomofobia

Nomofobia

«¿Y si me mandan un Whatsapp importante? ¿No tener acceso a mi Instagram mientras ‘disfruto’ de una caña con mis amigas? ¿No leer lo que se pía en Twitter ni saber qué es tendencia en España? ¿Y en el mundo?».

La adicción del siglo XXI se llama nomofobia y no es otra cosa que el miedo irracional a salir de casa sin el teléfono móvil. Amén de llevarlo contigo y quedarte sin batería. ¿Te suena? Según la plataforma [email protected], la nomofobia es un trastorno que sufre, sin saberlo, el 77% de la población. Datos como el que nos da Rastreator (el 76,4% de los usuarios reconoce que mirar el móvil es lo primero que hace cuando se levanta o lo último antes de acostarse) son garantía de ello.

 

Ansiedad, depresión, inseguridad, taquicardia o dolores de cabeza son algunos de sus síntomas. Y, paradójicamente, también el aislamiento ya que la nomofobia puede derivar en sufrir «phubbing» (apunta este término), que consiste en ignorar a quienes nos acompañan pero prestar más atención al smartphone.

Síndrome de fatiga visual

Síndrome de fatiga visual

Leer sobre pantalla trae consigo un malestar frecuente: el cansancio ocular (también conocido como síndrome de fatiga visual). Un mal que, aunque no es grave, puede provocar trastornos en tu salud visual, enrojecimiento de los ojos, escozor, mareos, estrés… ¿La causa? Esfuerzo muscular excesivo.

Para descansar los músculos oculares alterna la visión entre un objeto cercano y otro lejano cada veinte minutos (mirando por la ventana, por ejemplo); parpadea (para evitar la sequedad) y ajusta el brillo y contraste de la pantalla para que esté en consonancia con la iluminación ambiental.

Fuente y fotografía: Cosmopolitan por Tamara Morillo